El paso de la muerte: Los Leones del 36
Suenan las sirenas, unos suben la sierra, otros acuden a defenderla. Había
empezado una guerra, y era más que subir y bajar piedras. Hermanos contra
hermanos, los rojos, los azules. Las sirenas sonaban, avisaban, aviones que
sobrevolaban, los pájaros no. Fue allí, en la sierra del Guadarrama…
I. El estallido en el Guadarrama
Fue allí, en las crestas de la Sierra del Guadarrama. Julio
del 36 castigaba con un calor sofocante a una España que ya no se reconocía a
sí misma. Hacía apenas unas horas que el estallido de la guerra había puesto
del revés todo orden conocido. En aquel ambiente turbio, la autodestrucción se
abría paso entre banderas enfrentadas, fusiles Mauser y un odio que se acentuaba de norte a sur, sin dejar rincón
a salvo de la tragedia.
El sol se
filtraba entre el humo denso de la artillería y los obuses. En las
laderas, las barricadas se convirtieron en la nueva frontera del mundo. Soldados
remangados combatían por defender cada palmo de granito, convencidos de que
aquella roca les pertenecía, mientras la moral se disolvía ante la urgencia de
la supervivencia. Dos bandos irreconciliables, ambos alzando la bandera de su
propia "verdad", se preparaban para el choque.
II. El despertar de la montaña
El 21 de julio, el Guadarrama sintió un escalofrío
ajeno al verano, un presagio de muerte que recorrió sus cumbres. Hasta
entonces, la vida en los pueblos serranos —Cercedilla, Navacerrada, El
Escorial— transcurría ajena al zafarrancho que subía desde África y Andalucía.
Pero el silencio se quebró.
Milicianos
republicanos, obreros y campesinos de la capital, subieron a tomar posiciones
en las laderas. Entre pinos y robledales, avanzaban al amparo del matojo, con
el eco de los adioses de sus madres
aún fresco en la memoria. La bandera tricolor ya ondeaba en las trincheras
improvisadas cuando el aire se rasgó con los primeros disparos. Al caer la
tarde, el calor sofocante dio paso a un frío cortante, propio de las altas
cumbres, que calaba en los huesos de los combatientes mientras la luna se
escondía, temerosa de lo que vendría al alba.
III. El choque de las dos Españas
Si por el sur subía el Madrid republicano, por el
norte la presión era igual de implacable. El general Mola envió destacamentos
de requetés y falangistas hacia la capital. Tras ser frenados en Somosierra, el
objetivo se fijó en la Sierra Occidental. Por San Rafael, la mañana del 21 de
julio, las columnas de Onésimo Redondo avanzaban decididas hacia el puerto.
El destino
era el Alto de los Leones, ese paso estratégico que un siglo antes vio
caer a las tropas de Napoleón. Las camisas azules avanzaban cantando, con la
mirada puesta en la cumbre, mientras el Guadarrama, testigo inerte, sudaba de
puro terror ante el odio que se vertía en sus valles. Sobre sus cabezas, el
rugido de los motores de la aviación —los Douglas y los Fokker— empezaba a
castigar las posiciones, convirtiendo el cielo azul en un infierno de metralla
y fuego.
IV. La orgía de acero y granito
El 22 de julio, el paisaje idílico que antaño buscaban
pintores y poetas se transformó en un escenario esperpéntico. Los árboles
morían ahora de pie, astillados por los bombardeos. Ya no había lagos ni
pájaros; solo el silbido de las balas que cortaban los sueños.
Frente a
frente, a escasos 500 metros, los dos ejércitos se divisaron. Por un lado, el
puño en alto y el Himno de Riego; por
otro, el brazo extendido y el Cara al Sol.
El tiempo se detuvo en un silencio atroz antes de la masacre.
Cuando la
munición se agotó, el choque fue visceral. Apenas treinta metros separaban a
unos jóvenes deshidratados y exhaustos que se disponían a dar lo peor de sí
mismos. Sin apoyo de artillería para no herir a los propios, el combate
degeneró en una carnicería cuerpo a cuerpo.
Piedras,
navajas, picos y palas. Los dedos buscaban los ojos; las manos, el cuello. En
el Alto de los Leones, el hedor de la muerte se mezcló con los gritos de una
juventud que no tuvo tiempo de conocer el amor. Allí, entre el granito y la
sangre carmesí, España comenzó su largo camino de autodestrucción.
***
El choque fue brutal y de extrema violencia. Gritos agónicos,
estertores de la muerte, sollozos y bocas que suplicaban un segundo más de
aire. El dolor y los llantos desbordaban el ambiente, un sonido de muerte que
sobrepasaba el umbral de los silbidos que producían los obuses.
Como un rayo, aquellos dos ejércitos de aquellas dos Españas
chocaron. El cuerpo a cuerpo fue asombroso. Algún que otro disparo a bocajarro
-todo valía menos vivir-. Los soldados se mataban, se ahogaban, caían unos
encima de otros, se pisaban… el estruendo de las gargantas de los españoles
mostraba el hedor de la muerte en estado puro, la miseria y el caos.
Gritos y más gritos, sangre y muerte, allí, en la
Sierra del Guadarrama –donde unos subían y otros bajaban, donde hermanos se
mataban-.

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