Alpedrete, valle callado entre cumbres,
donde el viento escribe en la piedra su memoria,
tu nombre no se grita, ni calla,
pero tampoco se olvida:
se lleva, se sostiene...,
como quien guarda el fuego antiguo entre sus manos.
Porque en ti cada roca tiene un rostro,
y en cada grieta hay un apellido,
porque en ti cada amanecer…
porta una forma distinta de levantar la frente.
Aquí nació el pulso de quienes no temen al frío,
de quienes labran el tiempo con las manos desnudas
y no esperan el falso porte de las medallas,
porque el orgullo —el único que permanece—
es saber de dónde se viene
y, a pesar de todo, hacia dónde se camina.
Tú vienes del granito que sostuvo imperios,
de hombres que madrugan sin hacerse preguntas,
de mujeres que abrigan nuestra alma
cuando ya no alcanza la leña ni la palabra.
No hay bandera que no te meza,
porque en ti comenzaron los cimientos
de ciudades levantadas con silencio y honor.
Fuiste estructura antes que memoria,
y memoria antes que relato.
Y hoy, 26 de abril,
el recuerdo vuelve —pausado y lento—
como vuelven las cosas que importan:
el cantero, la virgen,
la primavera abriéndose paso,
las flores de mayo,
la piedra, la cantera, la dehesa, la iglesia…
y esa fecha que no se borra,
y un tal don Basilio Montalvo,
como un nombre dicho en voz baja,
recordando, sí,
que Alpedrete es libre,
como lo es su Mataespesa,
desde aquel 1840
que aún respira en el campanario.
Tu piedra ha visto pasar guerras,
ha escuchado plegarias y cantares,
y aun así permanece,
no intacta, pero sí firme.
Como tú.
Como quienes saben
que la patria también es esto:
una plaza al atardecer,
el tañido de una campana que nadie mira,
y el eco —hondo, casi invisible—
de la historia de un pueblo
que no olvida, que no se rinde.
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