Hubo un día
—cuentan los viejos vientos de la sierra—
en que la tierra pronunció su propio nombre.
Era abril, y el año, mil ochocientos cuarenta,
cuando Alpedrete se desató del nudo vecino
y, echando a andar por sí mismo,
aprendió a latir sin pedir permiso.
Desde entonces, la piedra habla. ¡Vaya que si habla!
Habla en los muros,
en las manos curtidas de los canteros,
en el golpe seco del cincel que no olvida
que cada casa fue primero montaña.
Aquí la roca no es solo materia –ni material-,
es simplemente memoria.
Es promesa de permanencia
frente al paso inquieto del tiempo.
Y sobre esa piedra se alzó un
pueblo.
Bajo la mirada firme de Basilio
Montalvo,
primer guardián de su destino,
primer latido civil de una voluntad recién nacida.
Que no fue solo alcalde, sino que fue raíz.
Fue la voz que dijo “somos”
cuando aún todo era duda y camino.
Y en lo alto, otea vigilante,
aquel león rampante,
no como fiera, sino como emblema.
Orgullo que no muerde,
coraje que sostiene
y corazón que no se arrodilla.
Alpedrete es encina.
Es ancha sombra en verano,
es raíz que se agarra a la tierra
con la misma terquedad con la que sus gentes
defienden lo suyo sin estridencias.
Es campo abierto,
es ganado que respira al ritmo del horizonte,
es la calma antigua de quien conoce el cielo
sin necesidad de tener que nombrarlo.
Es Mataespesa,
con sus muros cargados de historia,
testigo silencioso de siglos que pasaron
sin borrar la esencia.
Es parque y paseo,
es banco al sol,
es infancia corriendo entre árboles
que han visto crecer generaciones enteras
como si fueran estaciones.
Pero si hay un día en que el alma
se desborda,
es el veintidós de mayo.
Entonces
el pueblo se recoge en sí mismo,
henchido
de orgullo su pecho,
y se eleva, se agranda, se alza.
Santa Quiteria desciende,
entonces, entre cantos,
y no hay rincón que no se ilumine con su nombre.
Las calles laten diferente,
las miradas se reconocen sin preguntas,
y el tiempo —por una vez— se detiene
para escuchar la música de lo compartido.
De aquello que nos une.
Ese día,
los colores se desvanecen.
Rojos y fachas,
banderas y palabras ásperas,
todo queda suspendido en el aire
como una simple mota de polvo que no importa.
Porque hay algo más antiguo que la
disputa,
y más fuerte que la diferencia
y es la pertenencia.
Ese día, Alpedrete no discute,
solo celebra.
No se divide… recuerda. Recuerda, si.
Recuerda que es piedra y encina,
que es trabajo y herencia,
que es historia y presente entrelazados
como las manos de quienes levantaron sus calles.
Como brazos que batallan juntos.
Y así, año tras año,
cuando mayo florece y la sierra respira hondo,
este pueblo vuelve a nacer.
Como
en aquel abril primero.
Como
siempre.
Como
tantas otras veces, Alpedrete.

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